El rio de los remedios se desbordó… y permanecimos abrazados hasta que el Sol salió
Hoy que nuevamente se desborda el Rio de los Remedios he recordado esta excelente crónica vivencial sobre el desbordamiento del mismo rìo, en el mismo lugar, un año después. La comparto.
El rio de los remedios se desbordó…
y permanecimos abrazados hasta que el Sol salió
por Abraham Jacobo Martínez
Anoche llegué a la casa rendido y fastidiado creo que más de la cuenta.
El metro a reventar como todos los días, pero para variar la gente subía empapada.
Y como todos íbamos apretaditos, pues poco a poco nos fuimos secando con el mutuo calor corporal.
Lo malo fue que el vagón se llenó de un vapor apestoso por la combinación del agua con la transpiración y por si fuera poco la lluvia detenía la circulación del tren, avanzaba lento y se paraba por más tiempo del debido.
El dolor de mi espalda y mis pies hacían esos minutos insoportables.
Sentí un gran alivio cuando sólo me faltaba una estación, estaba impaciente por bajar.
Afuera la cosa no estaba mejor, no paraba de llover y la corriente de aire me enfrió de golpe la espalda.
Las gotas se estrellaban en mi cara y mi camisa se mojó otra vez por que me quite la chamarra para envolver mi mochila de herramientas.
Traté de esquivar los charcos, pero caminaba tan rápido que caí en uno muy profundo, mi pantalón quedo empapado y se me pegaba a las piernas por tanta agua.
No me importaron más los charcos y atravesé corriendo todos los que se me cruzaron por el camino.
Cuando mi esposa me vio llegar me echó una toalla encima y me mandó a la regadera.
El agua tibia era relajante. Cuando salí, el aroma de la cena me conmovió. Mis hijas estaban en la mesa y hacían tarea, yo disfruté mucho esos frijoles y esas tortillas calientitas. Les platiqué todo lo que me pasó… se rieron mucho.
La lluvia no paraba y mis hijas se pusieron trises por que el palomino no llegó, yo les dije que ese perrito era como gato y tenia muchas vidas, una vez lo atropellaron y sólo se lastimó una patita, les dije que no se preocuparan. Tomamos leche y nos fuimos a dormir.
Antes de acostarnos Silvia me preguntó que cuándo repararía la chapa de la puerta, yo sólo le dije: ¡Mañana será otro día!
Fue en la madrugada cuando escuché a mis hijas gritar, estaban asustadas, quedé sorprendido unos segundos al ver agua al ras de mi colchón.
Cuando reaccioné vi el gesto de asombro de mi esposa y el llanto de las niñas nos hizo reaccionar, -ve por ellas- me dijo, su mirada me dio confianza, como si ambos supiéramos lo que debíamos hacer, caminé por el agua hasta su cuarto, traté de prender la luz, no había.
Estaban paradas sobre su cama, las abrace y Silvia llegó con un par de cobijas, subí a Beti a mi espalda y mi esposa cargó con la menor.
Cuando íbamos de salida quité el mantel de la mesa y subimos a la azotea, dejamos allí a las niñas, las cubrí con el mantel, bajamos rápido para ver que se podía salvar, pero la oscuridad hizo muy difícil la búsqueda.
Traté de encontrar mi pantalón en el piso, pero sentí el picor en mi nariz por el hedor del agua, era agua del drenaje.
Mi esposa sacó más ropa del cuarto de las niñas mientras yo buscaba dinero, las llaves, mi herramienta, todo cuanto me pasaba por la mente que sería de utilidad.
Hacíamos tantos viajes como el agua nos permitía, pues casi llegaba a nuestra cintura y era muy difícil caminar, subimos tantas cosas como nuestra escalera de caracol nos dejó.
Ver nuestros muebles bajo agua pestilente me entristeció, la sala que nos regaló mi suegra cuando nos casamos, el refri que me vendió mi hermana en siete mil pagos, la vitrina que le regalé a Silvia en un diez de mayo. Todo, todo se había arruinado.
Cuando volví a la azotea mi esposa envolvía a las niñas con mis camisas y con todo lo que encontraba, las pobres temblaban de frio en sus piernitas y en sus piecitos descalzos, lo bueno fue que la lluvia disminuyó.
Al voltear vi a mis vecinos en las mismas condiciones, no fue fácil, pues el cielo estaba muy oscuro pero escuchaba claramente el llanto de un bebé, los gritos con los que se comunicaban y el flujo del agua.
Nos sentamos en las sillas que subimos y permanecimos abrazados hasta que el sol salió.
El bullicio se ve por toda la calle, el día está soleado y es probable que haga calor, la calle parece rio, el agua esta negra y huele muy mal, el rio se desbordó, solo se distinguen los toldos de los carros, la gente abandona sus casas, helicópteros vuelan sobre nosotros , vienen a vernos y espero que también a ayudarnos.
Veo cómo resiste el dolor mi mujer, la impotencia, cómo se aguanta las ganas de llorar. Veo casas que están en ruinas, pero veo a mi familia y me da fuerza para salir de esto, pienso en el pobre palomino, pienso que quizá se lo llevó el agua, veo a mis hijas más tranquilas y prefiero no decir nada.
Comentarios
Publicar un comentario